Querían llegar hasta la tumba de Carlos Centeno Ayala, el hijo de la mujer. En el pueblo Carlos C. Ayala era conocido como un ladrón y forastero.
El padre le pidió unos datos a la mujer y le entrego las llaves del panteón, afuera una muchedumbre observaba.
Todo ocurrió el lunes de la semana anterior, en la madrugada, cuando la señora Rebeca, viuda y solitaria, escucho ruidos en su casa.
Bajó hacia la sala con un viejo revolver, todo estaba oscuro, apunto hacia la puerta y disparó; fuera de la casa cayó un hombre con la nariz destrozada, muerto, era Carlos Centeno Ayala.
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