viernes, 12 de septiembre de 2014

la siesta del martes

La mujer y la niña llevaban una bolsa con comida y unas flores; la niña se notaba triste y la mujer muy seria, llegaron a la casa cural buscando al sacerdote para que les dieran las llaves del cementerio. 

Querían llegar hasta la tumba de Carlos Centeno Ayala, el hijo de la mujer. 

En el pueblo Carlos C. Ayala era conocido como un ladrón y forastero.

El padre le pidió unos datos a la mujer y le entrego las llaves del panteón, afuera una muchedumbre observaba.

Todo ocurrió el lunes de la semana anterior, en la madrugada, cuando la señora Rebeca, viuda y solitaria, escucho ruidos en su casa. 

Bajó hacia la sala con un viejo revolver, todo estaba oscuro, apunto hacia la puerta y disparó; fuera de la casa cayó un hombre con la nariz destrozada, muerto, era Carlos Centeno Ayala.

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